viernes, 29 de julio de 2016

Creactividad Cero y “Prestigio” VS. Dignidad.

   Primero os voy a soltar un rollaco de los buenos, y luego voy a explicar los correos que han generado este post.

Ahí va el rollaco.

   Cada vez que alguien me pregunta: ¿qué significan los laberintos?, mi respuesta es la misma: “Un laberinto es un símbolo”.

   Los símbolos tienen el significado que le otorga quien los crea (o el que le otorga quien los interpreta). Un laberinto puede expresar su simbología mediante su situación (dónde y cómo lo coloquemos), su forma general (recordemos como los octogonales, por ejemplo, tenían una connotación espiritual especial en el cristianismo), por la distribución del trazado interior (mucho más abstruso, y ya más orientado para conocedores del tema), materiales, etc, etc.

   Diseñar laberintos es entretenido, al menos para mí y algunos chalados como yo. No esos laberintos que te genera el ordenador automáticamente. No. Laberintos estéticos, agradables de ver. Lo haces cuando te viene una idea a la cabeza, cuando te lo pide un conocido, o cuando te aburres.

   Y, sin embargo, casi todo el tiempo que le pueda dedicar a eso es inútil. El 85% de las instalaciones de laberintos son copias del laberinto de Chartres o reducciones del mismo. ¿Por qué? Porque lo hace todo el mundo, porque algunos colectivos de laberintos basan todo lo que hacen en ese laberinto, y porque mola mucho decir que eres “labyrinth designer” y que tu único esfuerzo sea cambiar los numeritos de las escalas del diseño de Chartres que tienes en el autocad para adaptarlo al espacio en el que tienes que ponerlo.

   Salvo honrosas excepciones, todo es así, o, la otra variante, que es hacer un pasillo que recorra un camino, hacer que ese pasillo de unos cuantos giros “porque sí” y ¡hala, ya han hecho un laberinto!.
Tras el boom de hace unos años, la creatividad ha caído a niveles que rozan el absurdo.
   ¿Y por qué os estoy soltando todo esto?

   Pues porque he estado teniendo un intercambio de correos que me ha cabreado bastante.

   Desde que inicié mis webs sobre laberintos, y sobre todo desde la publicación del libro, he mantenido correspondencia con todo tipo de personas: jardineros que querían usar alguno de los diseños que salen en el libro, profesores que han hecho actividades con laberintos, jardines botánicos, un grupo pagano que me preguntó sobre posibles formas baratas de instalar un laberinto… y algunos más. A todos ellos les he contestado con educación, con interés y les he prestado consejo hasta donde he podido. Un par de veces me he encontrado, meses después, correos en la bandeja de spam y esos no los he contestado porque ya tenían su tiempo, pero, por lo general suelo ser rápido contestando. ¡Qué narices! Soy un friki de los laberintos, me encanta que me escriban para esas cosas.

   Sin embargo no me dedico en exclusiva a ello (sería genial, pero uno tiene que vivir y para eso el dinero es importantísimo, como todos sabréis) y me lo tomo como una pasión que de vez en cuando me permite conocer gente y hacer alguna que otra cosilla por ahí. Por eso me hizo especial ilusión cuando una promotora inmobiliaria (cuyo nombre no voy a mencionar para ahorrarme posibles repercusiones legales, que hoy en día acabas en el juzgado por nada) se puso en contacto conmigo para que les ayudase con un laberinto que barajan incluir en un pequeño espacio entre dos de los edificios que tienen en proyecto. Buscando sobre laberintos en internet habían dado con mis webs y con mi libro y querían que yo estuviese en el proyecto.

   Tras unos momentos de euforia, releí el correo y me llamó la atención la expresión “figurase usted en el proyecto”. ¿Cómo que “figurase”? Hmmm. No me sonó bien, y les contesté pidiendo más información. Su contestación incluía los siguientes puntos:
  • Mi nombre constaría en el proyecto.
  • Asesoraría a distancia (skype y correo electrónico) sobre el laberinto y su instalación.
  • Estaría allí un par de días cuando comenzase la instalación, y otro día más cuando finalizase para supervisar un poco todo.

   Al leer ese correo, si no hubiese sido porque estaba en el trabajo hubiese expresado mi alegría de un modo más efusivo, pero como estaba en el trabajo me limité a tamborilear un poquito sobre la mesa con una sonrisita en la cara y a pensar en cuando podría ir. Dicen los bardos que hay una leyenda que afirma que en octubre tendré unos días de vacaciones, de modo que contacté con ellos para saber si esos días serían una fecha adecuada. La contestación incluía estos puntos de interés, eso sí, explicados de forma muy políticamente correcta:
  • El laberinto ya estaba escogido. Era el de Chartres, por supuesto.
  • Iban a instalarlo como les diera la puta gana dijera yo lo que dijera.
  • El transporte, comida y alojamiento para ir allí saldrían de mi bolsillo, de modo que podía ir cuando quisiera.
  • Por el contexto quedaba absolutamente claro que lo que les interesaba era que figurase en el proyecto el nombre del tipo que había escrito un libro sobre diseño de laberintos.
  • No me iban a pagar nada, pero yo debía tener en cuenta el “prestigio” que me iba a otorgar aparecer ahí, y que eso me valdría de publicidad.

   O sea, que yo tenía que poner mi nombre en un proyecto de un laberinto que no tenía nada de original (vaya diseñador de mierda, pensarían los que tuviesen una mínima idea de laberintos), que lo instalarían como les diese la gana (con lo cual puede ser una chapuza del quince), no me pagarían nada por usar mi nombre, y aún por encima del uso gratuito de mi nombre (que tampoco es un nombre que mueva masas, que quieres que te diga, pero qué coño, es mío y hago con él lo que me da la gana) iba a tener que gastarme unos 500-600 euros en ir allí a que alguien se haga una foto conmigo para que quede bonito en la presentación del laberinto.

   Todo ello por el posible prestigio y publicidad que me pueda dar eso, que igual es publicidad negativa.

   Va a ser que no. Is going to be that not (en inglés del Telón de Grelos).

   Una cosa es ser amable y que a uno le guste ver que alguien reconoce su trabajo, y otra ser gilipollas.


   Lo peor, es que no dudo de que encuentren a alguien que se preste a lo que yo me he negado, porque, como dije al principio, siempre hay a quien le pone muchísimo decir que es “labyrinth designer” aunque en realidad sea una farsa.